Espero sepa disculpar el uso de mi
lengua madre para comunicarme con usted. Cualquier otro idioma que utilice ya
sea por conocimiento o a través del uso de traductores en línea dejaría mucho
que desear.
La verdad es que hace meses no puedo dejar de leer sus escritos. Anoche
terminé HOMBRE LENTO yen breve
comenzaré con EL POLACO.
¿Por qué le escribo?
Porque me siento una especie de Elizabeth Costello del otro fin del mundo
(sí, hay varios) sólo que nunca he conseguido – ni conseguiré a estas alturas-
ser conocida aunque más no sea por una novela como“La casa de Eccles Street”.
No pasa un día de mi vida en el cual
no piense “tengo que escribir sobre…” sin ponerme a hacerlo, por supuesto.En tiempos no tan lejanos escribía mis
historias o mis breves pensamientos con lamínima esperanza de que alguienlos leyera. Eran épocas de blog-
la prehistoria de la era tik tok- y de vez en cuando alguien dejaba un
comentario. Hoy los blogs solo juntas telas de arañas digitales y los
protagonistas de las historias mueren sin siquiera ser vistos una sola vez, más
abandonados que el artista del hambre de Franz.
Creo que ese es el motivo por el cual ya no escribo, Y me apena.
Elizabeth dijo “Escribo para ellos.
Tuvieron una vida tan breve, tan fácil de olvidar. Dejando a Dios de lado, soy
el único ser del universo que los recuerda. Y cuando yo ya no esté, solo habrá
vacío. Será como si no hubieran existido. Por eso escribo sobre ellos y quería
que leyeras lo que he escrito. Quería transmitirte a ti la memoria de esos
seres. Nada más.”
Son las 22.30 aquí en la ciudad de La Plata, Buenos Aires, Argentina.
Estamos atravesando una ola polar y faltan, por momentos, tanto la energía
eléctrica como el gas natural.
En esos momentos de oscuridad tomo una lapicera, un papel y escribo sobre
soledad y sombras chinescas. Pero cuando regresa la luz vuelvo a la realidad de
un mundo al que solo parece interesarle la inmediatez y los mensajes a la
velocidad de 2X.
Ay Sr. Coetzee! Cómo me gustaría tener la constancia para escribir estas
historias antes de que sea demasiado tarde.
Tuve un maestro, Gabriel Bañez. El siempre lo nombraba y citaba sus textos.
Se suicidó en Julio de 2009 y yo no volví a encontrar una guíao, mejor dicho, alguien que le prestara
atención a mis historias. Qué orfandad.
En fin. Dudo que alguna vez llegue usted, Sr. Coetzee, a leer este mail.
Sin embargo, quizás sí me sirva como punto de partida.
Me lamento por el artista del hambre ¿Cierto? Sin embargo Kafka lo escribió
en 1922. Estamos en 2025 y aún sigue allí.
Voy a buscar a mis artistas y tal vez, solo tal vez logre que alguien los
mire.
Queridos Reyes magos: No sé si saben quién soy. Hace muchos años de
esto, de todos modos no dejo de recordarlo. Yo quería una coneja de peluche y les escribí una
carta– en realidad copié lo que mi
abuela había escrito- pidiéndosela a ustedes. Puse la carta en el patio junto a
los zapatos, un poco de pasto y un balde
de agua fresca para los camellos
fatigados. Todo estaba perfecto. En breve, ustedes comenzarían el recorrido
pero, por esas cosas del terrible azar, fui a buscar un abrigo al viejo ropero. Allí
estaba la coneja envuelta en papel celofán. Fue un segundo…Cerré el ropero y no
dije nada. Me quedé mirando el cielo buscando la estrella errante como si nada
hubiese sucedido… ¿Acaso la creación de bellas ilusiones no es compartida?
Gracias igual por esa existencia sin mandamientos, ni encíclicas papales,
ni masacres en el Medio Oriente. Gracias por la mirada, Baltasar.
No preguntes qué hay después. Mirá cómo el cielo se deja llover mansamente hasta ser arcoíris. Las
respuestas no serán más que mentiras, un deseo, una dulce o amarga salida para
calmar la ansiedad. No lo entedemos pero se terminó el tiempo de las bolas de
cristal en las que veíamos el futuro y,
además, perdimos la capacidad de ser adivinos. No preguntes qué hay después; Cuando
lo haces… ¿No escuchás detrás de tus palabras el crujir del instante? ¿No ves
cómo lo que era pura belleza comienza a demacrarse y donde había sonrisas van
naciendo surcos terracotas? No preguntes qué hay después, sólo el tono alcanza
para socavar la fe y los interrogantes (como mazazos) tatúan la piel hasta
dejarla pegada al hueso de la queja por lo que aún no es.
Como si pudieran explicarse las pupilas carcomidas por el sol, el pájaro
que no puede dormir o el borde siempre abierto
de otras almas. No preguntes qué hay después. Debemos ser tolerancia extremista
para no caer. Ser la persistente fuga de grillos mientras el amor viaja
en nanosegundos hasta las pupilas
que estallan. Ser melodía, ruido, silencio. Nunca preguntes: disfruta de las sombras
chinescas que hacen las palabras, las
lágrimas o nuestros dedos mientras se consume la vela.
Lo reconozco: vivíamos una
rara armonía. Mientras yo me ocupaba de
lo cotidiano - las necesidades básicas para que pudiésemos sobrevivir- ella se
perdía entre arpegios y cadencias oscuras. Me iba a trabajar y ella se quedaba
escribiendo en su libreta. Regresaba y todavía estaba sentada allí, pero no me
molestaba. No pedía casi nada salvo
algún cigarrillo o mi gesto de aprobación de vez en cuando.
Todo estaba bien hasta que
un día se asomó a la ventana y sintió que, quizá,
saliendo del encierro lograría conformarme un poco más; Ampliar lo que éramos
entre estas paredes.
En principio fue una buena
idea. Partíamos juntas y cada una tomaba su camino. Al regresar, ella contaba,
fascinada, todo lo que había hecho. Volvía de la calle con un brillo en los ojos que le desconocía. Esto duró diez o doce días. Por algún motivo,
el brillo fue opacándose y ya no contaba su experiencia; se limitaba a escribir
en su libreta, sosteniendo un silencio rarísimo en ella. Supe, por algunos
comentarios al pasar, que se había equivocado, que había mezclado las acciones,
dando donde correspondía quitar y tolerando donde debía poner punto final.
La veía tan acorralada. Que
podía hacer si, en algún sentido, yo era la responsable.
***
Iba a esperar hasta la luna
llena pero diez días más era demasiado tiempo. Ella no dejaba de escribir en su
libreta, obsesionada con lo que había vivido y es sabido que hay situaciones en
las cuales no sabés en qué momento vas a explotar, vas a perder la noción de
realidad, vas a sobrepasar todos los límites. Cuestión que busqué una página
de venta online y compré dos
pasajes para la madrugada del domingo 5. Coche cama ejecutivo. Un viaje de
menos de cinco horas.
Se lo dije a la hora del
almuerzo:
— Compré dos pasajes a Mar del Plata; salimos
de acá alrededor de las once.
—Uh, pero me hubieses
avisado antes… Tengo que arreglarle el cierre a la mochila.
—No te preocupes— le
contesté —. Llevá una sola muda de ropa y algo de abrigo, al lado del mar
siempre está fresco.
Noté esas dos líneas que se
le formaban entre las cejas cuando no entendía.
—Hace tiempo que
tenemos este viaje pendiente, ¿Te acordás? Querías probar la cámara nueva…
—Cierto, la cámara
nueva, ya me había olvidado…
No se habló más del viaje. Ella se puso a coser la mochila y yo
acomodé mi bolso. Documentos, dinero,
aspirinas, las gotas para los ojos.
— ¿Me prestás tu tapado negro? — Me preguntó—, tiene esa
capucha que me gusta tanto.
—Sí, claro. Yo llevo
una campera.
Once menos veinte se
escuchó la bocina del remisse.
Mientras apagaba las luces,
ella miraba cada rincón. Muchas de las piedras coleccionadas le
pertenecían, también algunos libros y la cajita de música a manivela con la imagen del chat noir.
—¿Lista?
—Sí, casi me olvido
la libreta…
—Vamos…
Como lo hacía habitualmente,
ella se puso a conversar con el chofer: creía que despreciaba a las personas si
no les decía algo. Llenar silencios era su compromiso con el resto del mundo.
Yo revisaba mi bolso; Escuché que rememoraban
la tormenta de principios de febrero, los cortes de luz y los piquetes de los vecinos reclamando su
reposición.
“Qué va hacer, doña… Son 160 pesos”
Llegamos a la terminal. La plataforma estaba casi vacía. El micro
tenía las puertas de la bodega abiertas pero nosotras no habíamos llevado
valijas. Subimos. Ambas queríamos la ventanilla pero le di el gusto, total,
trataría de dormirme en cuanto se apagaran las luces interiores.
Los semáforos de la avenida 44 titilaban en amarillo. Alrededor de
la una estábamos subiendo el distribuidor de la ruta 2. A ella le fascinaba percibir la proximidad de las estrellas sobre esos campos a oscuras. Llevaba puestos sus
auriculares con el volumen alto. La
misma lista de reproducción usada cotidianamente: “ And when our worlds /They
fall apart…” no sé cómo no la aburría escuchar siempre lo mismo. Poco antes de llegar a Dolores ya estaba dormida,
recostada su cabeza sobre mi hombro.
Yo no pude dormir. Del otro lado del pasillo un hombre roncó, denodadamente, hasta Las Armas.
Llegamos pasadas las cinco y media de la mañana. Por avenida Constitución circulaban algunos
camiones de reparto, el basurero, dos patrulleros. El mar era otro campo
oscuro, más profundo, sí.
La desperté. Sorprendida, se quitó los auriculares.
—Qué rápido! ¿Ya
estamos en Mar del Plata?
Al bajar del micro sentimos
el mar hecho viento.
El hotel no estaba lejos pero preferimos tomar
un taxi. Otro chofer, otra conversación. Fue el turno del final de la temporada
y la tranquilidad en el tránsito cuando se van los turistas.
“Son 85 pesos…que disfruten
la estadía”
El lobby estaba en
penumbras. Detrás del mostrador se veía el perfil de un chico frente a un
monitor.
—Buenos días— dije—.
Tenemos una reserva…
—Buenos días—
contestó— sucede que el check in es a las doce del mediodía
—Sí, lo sé, pero pagamos
todo el día de ayer completo para poder
tener un lugar donde estar cuando llegásemos.
—Ah, entiendo. Si me
permite sus documentos…
La habitación tenía un
pequeño recibidor con un sofá cama y dos
sommiers. Corrimos las cortinas y allí estaban la playa, el muelle de
pescadores, las estrellas.
Ella sacó de su mochila la computadora. La prendió.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Cómo dijo que era
la clave del wi fi?
—Bristol54 pero…
¿Ahora te vas a conectar?
—Quiero saber a qué
hora amanece así espero y le saco fotos al sol sobre la línea del horizonte…
acá dice que sale 06.39, no falta tanto…
La dejé preparando la cámara. Necesitaba dormir.
Alrededor de las diez me desperté. Ella se había quedado dormida sobre
el sofá. A su lado, la cámara que tanto había deseado. Por breves instantes me dio pena. Tanto esfuerzo
para ser como era…
—¡Arriba, vamos!
—Adónde?
—Estamos en Mar del
Plata, no pensarás quedarte encerrada
acá con la computadora. Caminemos, vayamos hasta la orilla del mar…
Raro no ver vendedores de sombreros, de avioncitos, de gaseosas, de
helados. En la playa una pareja de ancianos con un perro blanco y un hombre
bordeando la orilla del mar con un detector de metales.
—Quisiera escribir
algo en la arena…
—¡Dale!
Escribía y pisoteaba la arena húmeda con sus borceguíes de película
Burton.
Pasamos el resto del día caminando por el centro. Nos seguían
llamando la atención los negocios cercanos al Casino donde la gente empeñaba sólo
para seguir apostando en la ruleta relojes, anillos o cadenas, objetos que,
seguramente, tenían una historia familiar; historia que moriría en la vidriera.
Las librerías de usados: otro lugar favorito. Muchos libros
especialmente dedicados que terminaban en las manos de un desconocido.
Caminamos por calle Buenos Aires hasta el boulevard Peralta Ramos y
por allí hasta el monumento de Alfonsina. Sacó fotos a las
placas que recordaban a otros poetas - a otros suicidas- y se entretuvo leyendo.
“Soy un pobre poeta/admiro tu poesía/tengo tu mismo pensamiento/solo me falta
tu valentía. F. Minici 10-9-1990”
—¿Qué pasará por la
cabeza de las personas, no? ¿Te acordás cuando creíamos que la escritura
salvaba?
Esa conservación había tenido lugar hacía ya demasiado tiempo. Y
sí, en eso creíamos y en eso dejamos de creer.
Anochecía. Regresamos al
hotel para abrigarnos y salir a cenar.
Intentó conectarse a la red pero la pantalla le devolvía la leyenda
“el servidor DNS no responde”. Me
pareció que era lo mejor que le podía suceder. Mientras yo me delineaba los
ojos ella hizo algunas anotaciones en su libreta.
Ya en la calle, visita obligada al Mac. Hamburguesas y luego un helado de chocolate amargo bañado en
chocolate, como le gustaba.
—Media luna exacta, ¿Viste?
—Vi… ¿Caminamos un
rato? Por la rambla está bastante iluminado…
—Sí— prendió un
cigarrillo. Luego de algunos pasos, agregó: — Me equivoqué, ¿No es cierto?
—Sí, y vos sabés que hay
errores que uno ya no puede volver a
cometer. Te pusiste a pensar todo lo que nos costó llegar hasta acá…
—No…
—Si me pongo a
indagar estoy segura de que todavía
dudas entre lo que vale la pena y lo que no, de otro modo no se entiende tus
idas y vueltas arriesgando todo o casi todo por… al final ¿Por qué fue? La
verdad, no me quedó claro…
—No creí que era tan
grave. Te pido mil disculpas. No sé… ¿Qué puedo hacer para solucionarlo? Ya
sabemos que el tiempo no se puede volver atrás pero, quizá…
No le contesté.
—Bueno, no tiene
mucho sentido que sigamos caminando—, le dije.
Me miró con esa sonrisa triste que solemos poner cuando debemos aceptar
lo inevitable. Se quitó el tapado.
—Te lo devuelvo, ya
no lo voy a necesitar.
—No… ya no.
Se dio vuelta y comenzó a caminar por el viejo espigón. Levantó la
mano izquierda diciendo adiós. Vi su
silueta desaparecer en el reflejo de la luna sobre las rocas.
***
Regresé al hotel. Antes de
apagar la computadora le cambié el fondo de pantalla: la fotografía de sus
hojas otoñales por la imagen de la frase
que ella había escrito en la arena. En la cámara quedó un amanecer perfecto.
Iba a arrancar los últimos meses de su libreta pero eran una buena ayuda
memoria.
Acomodé todas las cosas en mi bolso y puse su mochila- que se había
vuelto a descoser- en el cesto de
basura.
Fui a la terminal a esperar un micro que me trajera de regreso.
Conseguí para las dos de la madrugada. Viajé junto a la ventanilla, con los
auriculares puestos y esa única lista de
reproducción.
Quizás empiece a extrañarla pero no es la primera vez que una parte
de mí debe sacrificarse para que yo
pueda seguir viviendo y, seguramente, no será la última.
Para llegar hasta la frase del libro que
buscaba tuve que demoler dos telas de arañas. Cuánto tiempo sin pasar por la
letra A…
Es que la vida te deja elegir dos o tres
caminos pero, generalmente, te va empujando hacia donde quiere. Y la biblioteca
quedó en las sombras.
El tiempo en porciones. Un poco lo usé gastando las yemas de los dedos en fa- si bemol- la bemol- sol bemol- la bemol- sol bemol- fa. Notas
de Tiersen mientras la muerte se entretiene en otros pentagramas.
Otro poco se fue diluyendo entre las “crónicas”
diarias de un mundo tan brutalmente humanizado que ya no asombra. Qué otra cosa
es el hambre o el asesinato o la violación sino la acción de un hombre sobre
otro. Trump, Isis, 32 % de pobreza en Argentina.
Vuelvo a la búsqueda. Al libro.
Subrayados de un pasado arcaico. Y papelitos. Y
flores.
En el interior de Compañía de Beckett un cartón que dice “Copa de leche. Bono contribución.
2002.”
En Páginas
escogidas de Artaud el recorte de
una revista “A diez años de la muerte de Borges”
En El
juguete rabioso de Arlt una pequeña tarjeta celeste y blanca y letras en
negro “Ayuda a excombatientes de Malvinas”
Una rosa blanca en el libro que buscaba. La
guardé, es un hecho, pero… ¿Qué significaba?
No es de alguna tumba conocida… ¿O sí? ¿De algún amor sin tumba?
Esta maldita memoria que me traiciona y me paraliza
porque, como dicen, “el tiempo es eso
que transcurre entre un recuerdo y otro”.
Mejor no sigo con estos libros tan parecidos a
la caja de Pandora destinados a desatar recuerdos
y olvidos.
Sobre la vereda, una veintena de lombrices muertas.
Huían de una muerte segura ante la inundación de sus cuevas. Se arrastraron
hasta que el sol las secó.
Esa cosa del destino inexorable.
“y la tristeza se hace tan grande
que la oigo en
mi reloj”
Sin darme cuenta me estaba contando breves escenas de
mi vida. ¿Recurrir al pasado con el propósito de mantenerme viva? ¿Qué nuevas
experiencias… qué voces?
Me veo a través
de la ventana… cuánto silencio en esa
mujer, me digo.
El ojo humano
ve solo cáscaras.
Como mudarte y seguir buscando la tecla de luz en la
pared incorrecta. Así la fe, el amor, la rabia: un hábito.
*A medio camino entre un film de Kusturica y uno de Tarantino, la
escena del ex secretario de obras públicas revoleando bolsos con millones de dólares,
a través de las paredes de un convento, a las cuatro de la madrugada, nos dibuja a muchos de nosotros la amarga sonrisa de la confirmación. ¿Sabés que tira junto a los bolsos? Tira tu no-techo de losa y te deja con cuatro
chapas podridas. Tira tu no-asfalto y
te deja el barro que se te mete hasta el alma. Tira tu fe en los gobiernos “populares”.
*Nunca había sentido con tanta violencia el paralelismo de espacios
y tiempos. Mientras ese hijo de mil putas pide cocaína y se hace el alucinado
otros cientos de hijos de puta se hacen los sorprendidos.
Esto, acá.
*Allá, en uno de los mundos paralelos llamado “Pulse”, alguien saca
su fusil Sig Sauer MCX y comienza a disparar haciendo “blanco” exacto
en 50 personas y mejorando la performance electoral de un tal Pato Donald Trump.
*Un poco más a la derecha del mapa un caimán de Disney se roba un pequeño niño de las manos de sus
padres quizá como acto de “justicia” por la muerte de otro compañero de
cautiverio, el gorila del zoo. (Lástima que siempre en estos intercambios paga la persona equivocada.)
*En la primavera mediterránea, el mar se puebla de barcos, delfines
y cadáveres abandonados que alguna vez fueron madre amasando pan, hijo jugando
con una pelota, padre buscando refugio entre los escombros. El vaticano
propicia la creación de más cuadrillas juntacadáveres mientras estrecha la mano
de uno y otro bando hacedores irrefutables de todos los conflictos.
*la lista de espacios y tiempos es infinita. Quizá tus tiempos sean
un paso de comedia u otra tragedia más.
Hasta aquí, este junio congelado. Y mi fiebre. Y la falta de
electricidad. Y la carrera sin GPS. Y otro duelo consagrando mi experiencia en
los círculos del amor fallido.
Caravanas de
autos a más de cien kilómetros por hora que te obligan a fijar la vista en el frente o el centro del retrovisor. Te
empujan; Te llevan siguiendo un ritmo
impuesto por la rutina. Distraerse puede ser una fatalidad.
Y dejas
pasar el estallido del otoño en la copa de los árboles, el ocaso y tu propio
deseo de detenerte y grabar esa imagen.
“Quizá mañana” murmurás; pero no es el “mañana”
de la niñez que te hacía dormir soñando futuros. Es eso otro mañana del
pendiente frustrado, sabiendo que, probablemente, el sol no ilumine sobre el
mismo ángulo, o llueva o un viento violento arranque las hojas o tus ojos ya no
estén para mirar.
Así. En
todo. Medidos, empujados, llenos de pendientes.
“La música expresa
todo aquello que no puede decirse con palabras y no puede quedar en el
silencio.” Víctor Hugo
Las cartas. “Mi desgracia”, escribió
Chopin. Y fue vals.
Semáforos en rojo y el vuelo de gorriones entre los autos
dos monedas que apenas caben en una
pequeña palma sucia
a cambio de un santo desconocido y
una mínima sonrisa
Allí
En los ojos que se cierran rogando por un mañana donde todo, aún, esté de pie
La calle, la casa, los amigos;
Donde el sol no tenga las ojeras
causadas por las bombas
Melodía la que ejecutan las velas
desplegadas
y ese cortejo de vientos y delfines
que asisten al funeral de sus fantasías,
mar adentro.
También
en las yemas de los dedos sobre la
piel desnuda
en el coraje de releer la propia
historia
mientras un coro de hojas otoñales
y un grave listado de pasiones en
sepia
cantan en mi corazón
en todo existe una melodía…
Sigo buscando.
viernes, 15 de abril de 2016
Haec, inquit, ego non multis, sed
tibi…
Solo una araña melancólica
interpelándome a través de una confusa y
laboriosa tela:
-Y si ese jardín de la niñez no
hubiese tenido un pequeño jazmín cada verano...Y si ese tren no hubiese llegado
vacío a la estación…Y si alguien hubiese
contestado el teléfono…Y si no te hubieses obligado a sonreír ante cada
cachetazo del destino, ¿Serías capaz de escucharme?
Balbuceo.
Insiste y redobla su dosis de
veneno.
-¿Buscaste esta soledad?
Yo, que aprendí a interpretar los
signos de la cobardía tallados en las proas que navegan a millones de años luz
y, también, los fabulosos silencios, le contesto:
-¿Qué soledad? Mis acompañantes
jamás se anuncian con campanadas; Entran, invaden, huyen o se acomodan en algún
rincón, para siempre. Soy como el viejo piano llovido y llorado por Chopin
esperando la oportunidad para resucitar una balada. Y vos, una compañía más.
Beatrice luce un par de Louboutines blancos. Tacones
de doce centímetros que apenas replican
en las escaleras de mármol. Dante la acompaña dos escalones más abajo. Huele a orquídeas
negras con notas de euros.
Paraísos fiscales. Cuando las estrellas fijas solo les
importan a los pobres soñadores.
Dinero privado y dinero público: todos los billetes en
los mismos canastos de la lavandería global.
Mientras tanto, en el infierno terrestre, te cobran
impuestos con el hambre de tu madre, el dengue de tu amigo, un misil en el
hospital público. Pagas los impuestos comprando pan y leche o tratando de
rescatar el cadáver de un niño ahogado en la playa.
El efecto mariposa es este polvillo de miseria cada
vez menos selectiva que cae sobre nuestras cabezas mientras los intocables
suben a sus helicópteros en la cima del Burj
Al-Arab.
¿Cuántos “papers” más soportaremos los infernícolas,
mansamente?
El mundo es el infierno, y los hombres se dividen en almas atormentadas y
diablos atormentadores. Schopenhauer
Equivocada.
Creía en pequeños paraísos con esa fe de cautivo sintiendo los pasos del carcelero.
En sus manos un plato de sopa para el alma. Aun fría. Aun preparada con las
propias entrañas. O con entrañas ajenas, qué más da. Un mínimo brillo entre tanta tiniebla.
Hace tiempo descubrí cómo termina Todo. Siempre.
No se sale de los círculos salvo partidos en mil
pedazos o ilusionados con la próxima víctima.
Rehacerse o
diseñar otra cacería: únicas opciones, hasta el infinito.
“¿Temes
lo que pueda ocurrir mañana? Ten confianza, sino, el infortunio no dejará de
justificar tus aprensiones.” Omar Kayyam
Un día de más en el calendario. Sigo acomodando
el mundo que me rodea. Cajones y cajones
de recuerdos etiquetados; prolijamente revisados y ensobrados aunque el método
de “revolver” en la memoria de como resultado la resurrección de “un montón de estiércol”
como decía Freud.
Confieso que, a veces, duele más de lo
tolerable.
Escribir. Escribirse como única herramienta.
Uno se
“saca” de encima esas mochilas
agobiantes, llenas de traiciones ajenas y propias, y las arroja al papel.
Contar.
Quizá sea una de las formas – sino la
única- para alcanzar eso que llaman “justicia” de modo pacífico.
Sin
ese sentimiento de “justicia alcanzada” es imposible cerrar los cajones. Como
si se tratase de una casa embrujada, se abren solos, en cualquier momento, en
medio de la madrugada, en una caminata por el bosque, en una vieja canción.
¿Y qué
del perdón?
Magia que transforma esa casa embrujada en un jardín. Instante de
locura que disipa la niebla. Un faro.
Sí, magia que solo funciona frente a aquellos
que han pedido perdón. De otro modo, No
existe.
Mañana
será Marzo. Casi otoño por aquí.
Lo
intenté. Juro que lo intenté. Pero no hay olvido ni perdón.
Toca seguir escribiendo, sin temor.
P.D: “En el fondo, todo lo que he escrito lo
he escrito por necesidad inmediata, quería librarme de un estado para mí
intolerable” E.M. Cioran