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sábado, 11 de abril de 2009

PUDO SER TU MASCOTA





                                                                         Una frase aislada…tiende a resonar como
                                                                          un oráculo” Maurice Blanchot
                                                                        
                                                                         Qué es pues lo que hace al habla tan
                                                                         terrible(…) que es irreversibleSur Racine,
                                                                          Roland Barthes



    El incidente no duró más de treinta segundos:  Laura   apareció bajo la arcada del comedor; traía una bandeja forrada en papel dorado; Sobre la bandeja, rigurosamente acomodado, descansaba un lechón. Caminó en dirección a la mesa donde se encontraban  los nueve invitados. “ Un aplauso” pidió Alberto y se escuchó un leve batir de palmas. Cuando este  se fue apagando, una voz, desde el final de la mesa, dijo “ pudo ser tu mascota”. Laura supo que había sido la voz de Cristina pero fingió  no haberla  escuchado. Evitó mirar   hacia el fondo del comedor y a cambio, buscó los ojos de Víctor, su marido, quien entendió el pedido y se paró:
-Bueno, vamos a trozar esta hermosura- dijo, sacándole al lechón el gorro de feliz cumpleaños.
  Eso fue todo. Sólo eso. Cristina no dijo más y la fiesta continuó, sin sobresaltos, hasta las cuatro de la madrugada momento en que  los  invitados comenzaron a retirarse, souvenir en mano. Laura sólo  esquivó un saludo, el de Cristina,  yendo al baño en el preciso momento en que ésta se despedía.
                                                                *****
- Qué hermosa fiesta- dijo Karina, compañera de Laura  en la  municipalidad- la verdad que me divertí.
- Sí- respondió su esposo-  estuvo buena, sobre todo el  whisky que era de primera.
- Laura estaba preciosa, el verde le queda bárbaro, viste que ni se le notan los años.
- No.
- Qué buen gusto para decorar la casa. Lo único que yo sacaría son esas columnas de yeso. ¿Viste lo que le dijo esa mujer?
-¿Cuál?
- La que estaba sentada, sola, en el fondo. Esa tal Cristina. Una desubicada. No Pases el semáforo en rojo.
-¿Por?
- Porque nos pueden chocar.
- No... ¿Por qué es una desubicada?
- Cómo  por qué, no escuchaste lo que dijo, lo de la mascota, cuando Laurita entró con la bandeja.
- Andá a saber de que hablaba. 
- Para mí que le tiene envidia.  Por lo que sé es de esas mujeres que viven en el psicoanalista.  Con Laura se conocen desde chicas así que para decirle lo que le dijo algún complejo debe tener, fijate que todo estaba organizado a las mil maravillas, con qué la podía atacar que no fuera ese pobre lechón disfrazado.
- Sí, puede ser.
- Claro que es eso.
-Por ahí es una cuestión de religión, qué sabes. Anda preparando las llaves de casa.  
                                                                            *****

  Alberto y Carlos, dos amigos de Víctor, siguieron la fiesta en el bar de calle 10.
 - Traeme dos cuantró – le dijo Alberto a la mesera- ¿Cuántos puchos te quedan?
- Cinco- contó Carlos- después compro. Qué me decís de Cristina.
- Esa mina es increíble, vive de joda. Viste la cara de la fulana.
- Si, casi se muere.
 - Pero se hizo bien la boluda. Vos sabés que me imaginaba a Laurita paseando el chancho por Parque Saavedra  y me descomponía.
- Me parece que el chiste no cayó bien. A Cristina se le pasaron las copas.
- Nada que ver, vos no la conoces como yo, para hacer esas jodas agrias no necesita estar borracha.
- Señor su cuantró- dijo la mesera.
                                                            *****
Marina y Claudia  tomaron un taxi hasta el departamento.
- ¿ Habrá quedado alguna buscapina?- preguntó Marina revisando los cajones- tengo miedo que el lechón me caiga mal.
- Me podés explicar qué pasó- preguntó Claudia- me perdí la mitad de la escena.  
- ¿De qué hablás? ¿De Cristina?
-Sí.
- Nada, eso, lo que escuchaste.
-Pero... ¿Por qué dijo eso?
- Querés que te diga, me parece que está saliendo con Víctor.
- Ay, ¡Callate!
- No sé, es un presentimiento.  No te parece sospechoso que usen el mismo perfume y tengan el mismo color de pelo.
-Pero el de Laura es natural.
- Por eso mismo.  Aparte no viste cómo lo miraba. No va a ser ni la primera ni la última que se mete en la casa del amante haciéndose la amiga.
-Pobre Laura, habría que decirle.
- No, nena, en esas cosas no te podes meter, después todo se arregla y quedás en el medio.
- Habría que decirle.
                                                                *****

Cesar caminó hasta la avenida 72 y esperó que llegara el 508. La frase de Cristina le trajo recuerdos. La insoportable levedad del ser. Una película que habían visto juntos, Laura y él. ¿ Cuántos años habían pasado? ¿Diez? ¿ Más? Ella aún conservaba el parecido con Lena Olin.  Cómo volver  en el tiempo y borrar a Víctor. ¿ Para qué seguía yendo a su casa? Intentó  justificar el sacrificio  y su costumbre de seguir siendo una mascota. Odió a Cristina porque sabía que Laura estaba lastimada. La odió aunque le reconoció a la frase cierto grado de sinceridad.
                                                                 *****
   Víctor cerró las ventanas y apagó las luces del jardín.
- Me voy a acostar, estoy muerto- dijo.
- ¿Escuchaste lo que me dijo?- preguntó Laura.
- Sí, no le des bola.
-¿Por qué lo habrá dicho?
- Si no te molesta me voy a dormir.
-No, andá tranquilo... ( anda tranquilo que yo me quedo juntando las sobras de este lechón, arreglando la mesa, secando las copas, estas fiestas de cumpleaños son así, terminás trabajando el doble y todos chau chau, a ver cuando hacen otra)... Víctor
- volvió a insistir entrando en el dormitorio- ¿ No se te ocurre  un por qué?
-Qué sé yo, se le habrá dado por la ecología.
- No me cargues, ¿Será envidia?
- Puede ser. Dormite.
-Si dormí... ( como si fuera tan fácil sabiendo que tu amiga te envidia con lo dañino que es. No sé por qué me puede envidiar. Quizá la casa que tengo pero ella prefirió viajar a Europa y yo me quejé acaso. Me hizo sentir ridícula. Pudo ser tu mascota. ¿Será odio? Si me odia es por Víctor) Víctor- dijo golpeando el brazo de su marido- Víctor, jurame que no pasó más nada con ella. 
- Te lo juro. Dormí.
-  Por ahí buscaba llamar la atención.
- Mañana  le hablás por teléfono y te sacas la duda.
- Ni loca le doy el gusto.
                                                                       *****
  Cristina llegó a su casa. Prendió sólo el velador del dormitorio. Se quitó el vestido y los zapatos; se acostó. Sonreía.

miércoles, 11 de marzo de 2009

UN VESTIDO DE PINTITAS ROJAS


                                                                              Hush now baby…dont you cry. Mother´s
                                                                                 gonna make all your nightmares come true.”
                                                                                                    PINK FLOYD
    
 El hombre cree compartir con la divinidad ciertos atributos. Por ejemplo, cree que goza de la  posibilidad de elegir, para lo cual ideó un concepto que ni siquiera puede pronunciar sin tropiezos: libre albedrío. Siente que puede optar entre dos principios contradictorios: obedecer o desobedecer al padre. O a la madre. Pero la opción es falsa, no existe. Si obedece las reglas establecidas tiene recompensa: más libertad para seguir obedeciendo y la sonrisa de mamá, que es como el cielo. Si desobedece encuentra el castigo de la culpa permanente, que es un no-vivir o vivir en el infierno. Y el hombre que no-vive, no es hombre. Por lo tanto para ser hombre no hay opción: hay que obedecer y destruir los conceptos impronunciables.
  Durante años, Emilio,  escuchó decir a su madre que a las personas se les rendía homenaje en vida. Que de nada servía llorar junto a una tumba, ni gastar en flores por algo que era materia corrompible. Que mejor era  comprar caramelos rellenos todos los días y no una torta dietética una vez al año. Predicaba con un riguroso ejemplo: nunca lo había llevado de visita a un cementerio por convicción, por suerte o por desgracia o porque  no tenían parientes cercanos, ni siquiera vivos. Ni  siquiera amigos. Su padre había cooperado perdiendo su materia corrompible en alta mar.
   Cuando ésta enfermó, comenzó a sentirse desprotegido. Ya en la clínica tuvo que tomar decisiones que no pudo consultar. Esas cosas que quedan pendientes de charla por temor al efecto invocador de las palabras o por vergüenza.  Lo que sí había quedado claro  era que su madre deseaba ser enterrada(“meteme en lo más barato”) sin velorio ni cortejo, pero con el vestido “ azul de pintitas rojas”.
  El momento llegó. Mientras el cuerpo viajaba desde la morgue de la clínica hacia la funeraria, Emilio fue hasta su casa a buscar el  vestido. Velándola a puertas cerradas mantuvo, durante toda la noche, el mismo tono de voz.  Intentaba demostrarle que recordaba todos los preceptos. “Él único autorizado a tocar  mis cosas sos vos... no te olvides, los trece, de la vela para la virgen... el cigarrillo del ekeko, los viernes...” Cada tanto se sonaba la nariz y preguntaba por qué.  
A las ocho y media de la mañana, los sepultureros terminaban de tapar el ataúd. Ni una flor. No tenía ni una flor para poner sobre el acolchado de tierra. Emilio despidió al hombre de la cochería con una buena propina para que éste no malinterpretara la ausencia de  flores. Algo parecido sucedió con el cuidador del sector. Se le acercó y le ofreció una lápida de cerámicos verdes “como nueva” por treinta pesos. Pagó en silencio y se fue. 
  Soportó los primeros tiempos sin demasiados inconvenientes. Velas, fotos, ropa, recuerdos. Sólo de vez en cuando abría el sobre de papel madera donde figuraba la nueva dirección de su madre y la fecha de vencimiento de algo que  podría llamarse alquiler.
   Pero siempre suelen aparecer los consejeros, bíblicos sembradores  de cizaña. Y Emilio escuchó “ no habrá querido hacerte la vida menos dolorosa; evitarte la angustia de  tener que limpiar una tumba y extrañar la materia corrompible que se puede acariciar. Necesitas elaborar el duelo”. Y Emilio decidió visitarla, poniendo entre paréntesis los dichos de su madre.
  Llegó al cementerio y  esperó frente a la entrada de la calle 72. Cuando el movimiento de autos y personas disminuyó, compró dos ramos de clavelinas y un jarrón. Entró.
  Los tilos florecidos lo confundieron. Este noviembre nada tenía que ver con aquel junio. Encontró el lugar gracias al certificado de titularidad. La última imagen, el acolchado de tierra, sin flores, había sido cambiada por una lápida de color verde, con dos huecos rectangulares como para poner floreros. O ceniceros.
   Se arrodilló allí, junto a su madre, y no sabía si ponerse contento o triste. No sabía si su madre estaba contenta o triste. Tomó coraje y comenzó a decir lo que había ensayado. Con el tono equivocado (como si le hablara a un enfermo) hizo una síntesis de sus días sin ella.
  Sintetizaba, cuando dos pequeños brillos asomaron por el florero ausente. Pasaron segundos entre caerse sentado, sentirse morir de taquicardia, pararse, volver a mirar dentro del agujero, corroborar que el brillo eran ojos y que algo, más claro que la tierra, parecía estar masticando un pliegue del vestido azul con pintitas rojas. 
  Se tapó la boca( en el intento de recuperar las enseñanzas de su madre) y  gritó. Nadie. Cerca del portón alcanzó a distinguir la figura de un hombre, vestido con mameluco gris. Corrió hacia él.
-         Necesito que me ayude… algo se está comiendo a mi mamá.
  El hombre no entendió; aunque acostumbrado a escenas desquiciadas, jamás había escuchado semejante acusación. Emilio insistía:         
-         No sé, ratas o hurones están  masticando el vestido de mamá.
-         Amigo, no se ponga así, cálmese. Acá no hay hurones; a lo sumo peludos y no tienen dientes. Venga…acomp…
  Antes de que terminara la frase, Emilio comenzó a correr hacia la garita del vigilador. Éste tomaba mate, sentado en una lápida de mármol negro.
-         Usted tiene que ayudarme; ahí tiene una pistola, hay que matarlo; seguro que todavía está.
El vigilador se incorporó y se llevó la mano a la cintura.
- ¿A quién quiere matar, caballero?
-         No sé que es: rata, hurón, peludo. Se está comiendo a mi mamá, ayúdeme... Si no podemos matarlo, tenemos que sacarla de ahí.
-         Eso lo tiene que hablar en la administración, caballero. Yo no tengo nada que ver.
-         Pero Usted está para cuidar.
-         Si, para cuidar  a los muertos de los vivos, de los hombres vivos… ¿Quiere que lo acompañe hasta la administración? 
  Emilio quería correr pero el vigilador lo sujetaba del hombro. Caminaron por la calle central, hasta que se toparon con las columnas de la entrada principal.
-         Es  ahí.
  Emilio empujó la puerta. Una mujer estaba sentada frente al monitor de una computadora.
-         señorita, necesito ayuda…
-         Ya cerramos. Atendemos de ocho a dieciséis. Si desea el libro de quejas…
-         Escúcheme, una rata, un hurón o no sé qué se está comiendo a mi mamá. Necesito cambiarla de lugar.
-         Ahora no podemos hacer nada, va a tener que esperar hasta mañana, pero de todas maneras le anticipo que si está en tierra tiene que esperar por lo menos cinco años.
-         ¡Cinco años! En cinco años no va a quedar nada de mi mamá.
-         Es la idea.

   Emilio no puede recordar que tuvo un pico de presión nerviosa; que salió del cementerio en ambulancia; que alguien lo acompañó hasta su casa.
  Después de ese noviembre no permitió más comentarios ni dudas. Nuevamente, se siente encaminado. De hecho, recién  termina de prender la vela y de  hacerle fumar un cigarrillo al ekeko. Y ahora le va a pedir a la foto de su madre que quite de sus sueños ese monstruo que mastica el vestido azul de pintitas rojas.    

jueves, 18 de diciembre de 2008

SIN QUESO



“Nada más estúpido que hacer siempre lo
mismo y esperar resultados diferentes” A. Einstein.

“ Qué sea lo que Dios quiera”
Eduardo I, de Argentina

En cualquier momento, los A-37 nos van a invadir. Las cepas infestas como solemos llamarlas. Me pregunto para qué sirvió tanto esfuerzo, tanto entrenamiento. Nunca fuimos iguales. Ni siquiera entre nosotros hay algo que se pueda llamar igualdad. Por ejemplo yo. De los transgénicos soy el único políglota. Y el único ratón capaz de recorrer un laberinto de espejos sin sentirse perseguido. Lo conseguí desde el primer momento, no como otros que olfateaban la imagen y se ponían en guardia. De que sirvió.
Conozco estos tubos fluorescentes, este olor a látex de los guantes que me acarician todas las mañanas(o las noches). Puedo distinguir el todo de las partes, mis órganos básicos y los sentimientos. Han hecho un excelente trabajo conmigo. Chapeau. Pero siempre hay alguien que pretende más: convengamos que la ciencia progresa bajo ese lema. Ese que ven ahí, es Charly. Era el encargado de las relaciones entre los habitantes de los distintos sectores. Tuvo que dejar la tarea dado el grado de resistencia que ofrecían los nuevos. Actualmente es el modelo de la investigación para provocar en el hombre la tercera dentición. Parece que sonríe. Pero en realidad tiene una dentadura supernumeraria.
Junto a su jaula esta Ronald (Experimento del doctor Miczek o Mickey). Un borracho, incapaz de controlar la cantidad de sorbidos. El olor a licor, por suerte, no llega hasta mi celda. Quedó comprobado que el alcohol aumenta el nivel de violencia: masticó vivo a un A-9. Ni se da cuenta de lo que está pasando. Como los drogadictos en sus jaulas con paredes especiales, para que no se lastimen (siempre tienden a la autodestrucción). Bill es adicto al cannabis. Aunque aún no tiene un dictamen científico, parece que le borra los malos recuerdos. George no la está pasando bien: el consumo de cocaína parece que acelera el virus del SIDA.
Hay un sector que nadie visita. Allí viven dos degeneradas. Me reservo la explicación. Lo único que puedo decir es que cuando se portan mal, reciben una descarga eléctrica que las deja inconscientes por unos breves minutos. Nada serio.
Hasta donde puedo contar, en el sector azul, son catorce. La cría nueva todavía es una masa rosada oculta bajo la viruta. Los llamamos “Los pacíficos”. Están operados: sin olfato no sienten peligro. Nada los conmueve; ni la proximidad de los A-37.
Quizá tengamos suerte en este holocausto. Hemos pasado varios. En una oportunidad tiñeron de negro a varios compañeros y les inyectaron jugo de cucaracha en el hígado. Tenían que probar el aumento de la capacidad para soportar la radiación atómica. No sé cuántos murieron. Jamás se habló del caso. Otros, cerca de mil seiscientos, lograron recuperarse de los efectos nocivos de los teléfonos celulares. No les sirvió de mucho, a la semana fueron operados del timo por un grupo de estudiantes. Hoy cuesta identificarlos: el de plumas rojas, el de cola de zorrino, el de escamas.
Todos estaban pendientes de esta última investigación. “Se invirtió mucho dinero” dijo el Doctor Angus.
Dos grupos antagónicos. Los A-9, una de las cepas más selectas, ocupan el ala derecha de la jaula. Las actividades son múltiples: rueda, sube y baja, laberintos. Comer y defecar. Dormir. En los bebederos hay agua fresca y un enorme pedazo de queso (¿Gruyere?) que nunca se termina.
Los A-37, están a la izquierda. Viven hacinados porque, como no saben hacer nada, sólo se reproducen (por suerte las crías son cada vez más débiles). Rompieron la rueda, lo que les valió que se quedaran sin juego. Cuando les pusieron queso, en lugar de comerlo, lo ocultaban entre la viruta sucia y pedían más. Entonces, les sacaron el queso y ahora les arrojan sólo pedazos de pan duro (que yo no comería). Así las cosas, se la pasan envidiando a los A-9 y por eso el doctor tuvo que implementar un castigo para ese sentimiento. Cuando alguno intenta robar el queso del sector derecho, y para ello ingresa al laberinto que conecta un sector con otro, el piso de éste comienza a elevar la temperatura hasta que se siente olor a patas quemadas. El grupo de la derecha tiene una sola regla que observar: ser indiferente a los A-37. La trasgresión es motivo suficiente para ser expulsado del sector. Hubo un caso emblemático: un tarado mutante que comenzó a protestar, desde el sector derecho, sobre el trato que recibía el sector izquierdo. Lo arrojaron al sector A-37. ¿Y qué se le pudo haber ocurrido? Quiso enseñarles a soportar el calor en las patas, el hambre, a ocultar el odio hacia los A-9, los legítimos beneficiarios del experimento. Por suerte los doctores se dieron cuenta del error y terminó sus días probando drogas contra el mal de Alzheimer.
Noto una preocupación en los científicos: A pesar de la reclusión del problemático no lograron que retornara la calma. Creen que es un virus. No hay otra explicación. El nivel de violencia aumentó de tal forma que los A-37 llegan hasta el sector A-9 aún con las patas hirviendo, sólo para agredir. Y no les importa si hay queso. Ni oler a ratón quemado.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Ni el loro


                                                      

                                                                      A Lucy y Fabián Gullo, familia sustituta
                                                                      de  mis hijos.

                                                                      Los hombres sienten lo que escapa al animal:
                                                                      la cercanía ineluctable de la muerte”
                                                                                     Georges Bataille

 -No lo dejés dormir, metelo bajo la luz. Estos siempre cantan.

        Las barreras del paso a nivel debían subir y bajar desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. El trabajo se repartía entre dos guardabarreras: el Bocha Ramírez que cubría el primer turno y Don Atilio.
  La garita de madera color celeste, con el techo de chapas rojas, a dos aguas. Por una ventana se veía la Estación José Mármol; por la otra los trenes que salían de la curva. El interior estaba despintado pero tenía todo lo necesario para el trabajo: la manivela para controlar las barreras, la garrafa con  el anafe, unas tenazas, el farol
 y dos cuadros: San Cayetano con su espiga de trigo y Perón con su uniforme de gala.  Separados por un tabique y una cortina floreada, el catre y  la tapa de siete días, pegada con chinches, en la puerta del armario.
  Detrás de la casilla, junto al  paredón  ciego de la pizzería, un par de maderas y juncos improvisaban el baño para emergencias: la estación distaba sólo una cuadra.
  Don Atilio vivía en esa garita desde su nombramiento. Cuando estaba de franco caminaba por el barrio, le cebaba mate al Bocha, lavaba la ropa, retaba a los chicos que querían pasar aunque las barreras estuviesen bajas. Silbaba. Siempre silbaba la misma marcha. Lo mismo hacía Pocho, el loro con el que vivía; bastaba que Don Atilio dijera “Viva Perón” para que comenzara su rutina. También  bastaba  que sonora la chicharra para que el loro comenzara a gritar   “el tren, el tren” único peligro que conocía ya que al pasar hacia Constitución le removía todas las plumas. 
       -No sabemos ni el nombre de éste. Qué cagada, ni el nombre. Che mugriento ¿Cómo te llamas?

    El sindicato ferroviario era fuerte. Don Atilio se había plegado a todos los paros desde que empezó a trabajar. Esa mañana  estaba de paro. El Bocha aprovechó para hacer arreglos en su casa; Don Atilio se quedó un rato más en el catre.
    Por la calle Erézcano  avanzaba una manifestación de trabajadores. Al pasar junto a la garita, desde el coraje que da el anonimato, alguien tiró una molotov que rompió los vidrios y estalló.
    Un humo negro y el loro salieron por la ventana.  La segunda explosión hizo que los pedazos del techo también volaran.  Se juntaron todos los vecinos a mirar como los bomberos apagaban las últimas llamas. Sacaron a Don Atilio en una camilla de lata. Lo único que conservaba forma era un zapatón de cuero negro.
    En el lugar no había más para hacer.  El camión de los bomberos, la morguera, los vecinos, la manifestación, todos se alejaron.  Sólo Pocho, haciendo equilibrio sobre la barrera, iba y venía. La panadera lo vio y quiso tenerlo. Su  hijo mayor fue a buscar un mediomundo para atraparlo. No sin un mordisco, lograron ponerlo en la jaula.
     Pocho se acostumbro a la nueva casa pero no pudieron enseñarle nada . A la voz de  “viva  Perón” comenzaba a silbar la marcha. Ni un tango, ni una puteada.

         -Sacalo de acá, me pudrió... No. Mejor probemos con otra cosa.

     Era otoño cuando la casa quedó en silencio. Los hijos de la panadera se habían ido, sin opción. Nadie le hablaba, se limitaban a darle semillas de girasol y papa.
  Una noche tocaron el timbre.  “El tren, el tren” comenzó a gritar. La panadera abrió la puerta. Cuatro hombres la empujaron hacia la cocina. “ Dale, grita ahora  viva Perón”.  Pocho bailaba y silbaba. Los hombres  rodearon la jaula, uno sacó su pistola. El que dirigía  dijo“ Llevalo, seguro que sabe algo. Vos ojo, vamos a volver” Y se fueron en un coche oscuro.
  El cuarto no tenía ventanas. Una mesa, tres sillas y una lamparita de veinticinco.  Todas las noches ideaban algo nuevo para que el loro hablara: pan con vino; atarlo de una pata con alambre y ponerle en el otro extremo de la jaula un pedazo de manzana; Meterlo en la heladera; Mantenerlo con el pico abierto utilizando un escarbadientes partido en dos.
  Pasado el furor de la primera época, de vez en cuando intentan hacerlo cantar, sin resultados. Hoy por hoy puede asegurarse, sin embargo, que Pocho, avejentado, flaco, todavía verde, aún resiste.








martes, 19 de agosto de 2008

OBJETIVO EMPAÑADO



A Nelly Natale, por su bondad.

“Nos parece como si debiéramos reparar
con nuestros dedos una tela de araña”

LUDWIG WITTGENSTEIN

Yo sé lo que quiere: quiere que le expliques cómo se sale de esto. Lo escuché la otra noche mientras se lamentaba por haber perdido hasta la posibilidad del saludo( sólo bajo la cabeza y sigo) Alguien le dijo que pasada la primera impresión, todo se transformaba en rutina. Pero, ya ves, no entendió y ahora está atrapado en cada imagen.



¡Foto!



El grito recorre el pasillo de boca en boca hasta que Esteban lo escucha. Es la primera indicación de todos los libros: nadie toca nada hasta que el fotógrafo no hace las panorámicas. Los guantes de látex no lo dejan hacer foco con esa K1000. Hay mucha gente pero ningún familiar. Retrocede y choca contra un armario. Flash sobre la puerta abierta de un dormitorio. De frente, sobre la cama, el cuerpo vestido de un hombre joven. Zapatos náuticos, vaquero, camisa blanca, una pistola en la mano. Un tiro en la cabeza. Se inclina para hacer el acercamiento de rostro ¿Cuántos años tiene? ¿Diecisiete? ¿Veinte?
“Sacame acá” le pide el médico, apartando el pelo de la sien derecha. Él es profesional; a Esteban le cuesta quitar la vista de la carta que está sobre la mesa de luz. Ahí comete su primer error. El médico insiste: A ver, sacame desde acá, entrada, hay ahumamiento... salida. ¿Sacaste? ¿ Habrán salido bien, no?
Otro de sus compañeros, balístico, siguiendo trayectos de pura física, encuentra un plomo sobre el moño celeste de un osito de peluche.¿Algún testigo? No. Es un edificio y nadie escuchó ni gritos ni peleas previas al estruendo. Sacale a la pistola, le indican y miden la distancia entre la sien derecha y el plomo. Envuelven las manos con nylon para el dermotest ¿Para quién es la carta? ¿La leerá algún día? Segundo error que trata de reparar diciéndose “No me importa, no me debe importar”. Sabe que su trabajo es fotografiar, siempre, la última escena y no perderse en conjeturas.
La voz del chofer avisa que hay un accidente en el Centenario. Lo que sigue es tratar de salir del lugar abriendo camino entre los vecinos rezagados que preguntan si pasó algo; abriendo camino con la camilla de la morguera y un cuerpo envuelto en una frazada
Once fotos de un rollo de treinta y seis. Documentos que intentará olvidar.


*****
No te ofendas, pero quiere que le expliques por qué ,a pocos metros de esa escena, hay una fiesta y todos los presentes ( vos los conocés) tienen ese modo tan particular de divertirse: hacer bollitos de pan y jamón y arrojarlos de una mesa a la otra o derramar champaña sobre el más borracho del festejo, que no logra reaccionar. Mientras la música suena “menea- menea”, el fiscal, entre vasitos de Felipe Ruttini, confiesa que “todo estaba arreglado”.
¿Sabés qué cree? Que hay una especie de ruleta: para algunos el premio es el carnaval carioca y para otros, por ejemplo, un accidente( Anda pensando si se trata de destino o algo así)
Esteban no quiere hablar y busca algo en el bolso; pero las anécdotas se imponen entre los que entendieron que este trabajo es rutina. Por ejemplo, el chofer dice “ qué me cuentan de la vieja que se tiró a las vías”. Y el acompañante se hace cargo de la respuesta resaltando pormenores “ y puso en un cuaderno no escribo más porque viene el tren”.
Como burla o advertencia, una bicicleta destrozada junto a una pared que dice “Despacio se llega” MERCURI. Y junto a la bicicleta, los restos de una persona sin identidad conocida. Es un N.N. masculino. Hay huellas de frenada, partes de ópticas y trozos de un paragolpe; pero no hay auto. Se aleja para sacar las panorámicas y el rojo-amarillo-verde- del semáforo en perfecto funcionamiento. Acá tampoco hay testigos, sólo comentarios de otros conductores que parecen estar de acuerdo en algo “seguro en un mamado”.Pero para Esteban lo único seguro es que alguien( regresaría de alguna fiesta), en este momento, trata de acomodar la trompa de su auto y, si siente culpa, puede que la supere cuando lea en los diarios que no hubo testigos. Sigue cometiendo errores.
Ocho fotos más y restan diecisiete.


*****
En el patio de la comisaría hay más de veinte hombres. Como en un cuadro de ese tal Molina Campos, visten bombachas alforzadas, boinas, ristras y alpargatas. Están todos contra la pared, casi en posición de firmes. Hablan por lo bajo. Ellos no son el centro de la foto; el centro está en esos cajones apilados, junto a dos patrulleros carcomidos por los trámites. A la izquierda, judicialmente acomodados, se encuentran los billetes, muchos billetes, las alfombras, las balanzas, los fixtures. De vez en cuando, el canto de un gallo, atraviesa el murmullo.
Son doce, le dice el comisario. Sacales de cuerpo entero y que el doctor los pese y los revise.
Abren el primer cajón y sacan un gallo. Impresiona. Es flaco, casi sin plumas, y se le ven hilos de sangre sobre el cuello. Tiene púas de acero. Lo paran sobre el cajón y el flash lo enceguece. “El dueño puede darle agua o algún medicamento” dice el veterinario. ¿Nadie se acerca? Nadie, porque acercarse es admitir el delito.( Y ¿no acercarse?)
De los doce gallos, cuatro están muertos. Es lógico, estos ya habían peleado cuando llegó la policía al campito donde se había armado el reñidero y, heridos, los metieron en los cajones. Esteban siente algo parecido a la lástima. No entiende que esto es imposible ya que un buen fotógrafo jamás permite que se empañe el objetivo.


*****
Los treinta y seis fotogramas están revelados, casi con la luz exacta. Ves las copias: ¿Son fotos coloridas, no? No equivocó ninguna toma. Sin embargo, para él tienen un defecto: dice que al igual que las películas, no huelen y la verdad es que el horror y el abandono tienen un olor insoportable.
Confía en vos, hacele entender la diferencia entre rencor y sentimiento de justicia, si la sabes. Explicale que no se puede salir de ahí; que siempre va a estar en todas esas fotos; que es el único que se mueve entre tantos objetos y seres inmóviles, aunque el movimiento sea automático y esté determinado por ellos. Explicale que, fuera de estos encuadres, todo sigue con normalidad.

lunes, 11 de agosto de 2008

La Ilustre enferma

                                                 

                                     “Son las palabras las que toman

                                     una actitud, no los cuerpos (...) Son  las         

                                      palabras las que sangran, no las heridas”                                                                                                     

                                                                       Pierre Klossowski                                                                   

                                                                       

    Entre actores, parientes de actores, compañeros del instituto y vecinos, juntamos más de  veinticinco  personas. Tratamos de acomodarlos en el garaje de la casa de mi abuela. Algunos (doce) lograron sentarse en las banquetas. Otros, se apoyaron en las paredes mirando hacia el televisor de 29. Ofrecimos un vasito de sidra para celebrar  y el  pequeño book (en inglés) que había diseñado mi hermana como presentación del cortometraje. Los  restos de la   escenografía  sirvieron  para  dar color al ambiente. Incluido el maniquí con el tapado que alquilé en la casa Hirsch. (Conejos símil visones o armiños o  Maradonas descendiendo de un avión)
  “Que hable, que hable...” La voz de mamá, quién otra. Agradecí la presencia de todos, especialmente la del profesor de guión  y, sin meterme a contar el argumento, dije que, en  mi opinión “para hacernos entender basta con  que expongamos  un hecho sin demasiadas interferencias.” Apagué las luces y  apreté play.
    Aparición gradual de  imagen: puerta del dormitorio de Eva Duarte de Perón. Año 1952.
  Uno de los dormitorios del Palacio Unzué, la residencia presidencial. Tiene pocos muebles: mesa de luz, tocador, una  balanza.  Sobre el tocador hay un cepillo con mango de plata y nácar. Un frasco de perfume Mary Stuard. Una tijera. Un Cristo sobre la pared.
  Evita se encuentra acostada. Su cuerpo está cubierto por un edredón bordó. Tiene los brazos fuera del acolchado intentando ocultar su enfermedad.   El cuello levemente inclinado hacia la derecha.
   El  tapado de armiño cuelga del maniquí.
    Desde el ángulo izquierdo se acerca  la enfermera, toda vestida de blanco. Tiene el rostro maquillado exageradamente, en contraste con la extrema palidez de la enferma.
    La enfermera controla que todas las ventanas estén cerradas. Un haz de luz se  filtra e ilumina  el tapado.
   Evita trata de mantener los ojos abiertos pero  se le cierran.

  Inmóviles y silenciosos, preparados para descubrir mis intenciones. Pensar que no lograba salir de esa primera imagen: Evita, enferma, mirando un tapado de armiño. Y las  vueltas que di alrededor de  la escena con los ojos de  Evita, con los del tapado; hasta con ojos de alfombra. Quizá no haya logrado transmitir todo lo que deseaba, pero no es un trabajo improvisado; está basado en un hecho biográfico, en un momento de la historia Argentina, la Gran Historia, le moleste a quien le moleste. Un peletero de apellido Kummer  confeccionando  el tapado para la gala del nueve de julio.  Evita obligada,  históricamente, a la postración.
                                            
                                                          EVITA       
                                      (Susurro. Sólo se distingue el YO)
                              Quiero que pongas el tapado donde yo  pueda verlo.

                                              ENFERMERA( acercando el maniquí a la cama)
                                           ¿Acá le parece bien a la señora?

      Evita no logra mantenerse despierta. La enfermera camina hasta el tocador y toma el frasco de perfume. Regresa junto a la cama. Rocía el edredón.

                                                 ENFERMERA
                         La señora huele muy mal. ¿Qué se siente pudrirse en vida?, 
                         Pobre reina, no vas a poder usar el tapadito que te trajeron.

  La enfermera deja el frasco de perfume y con el cepillo en la mano se dirige hacia el tapado. Comienza a cepillarlo.

                                                 ENFERMERA
                        ¿Podés creer que a éste también se le cae el pelo? 
                        (tararea el tango “Aquel tapado de armiño”)                     
                        Rojitas me dijo que todo iba a cambiar. Por ahí ligo el tapado.
                        ¿No te parece?
  La enfermera camina hacia el tocador. El rostro de Evita tiene una mueca de dolor. Tiene lágrimas en el borde de la nariz. Se queja.  
    La enfermera se acerca  abriendo y cerrando las  tijeras.

                                                 ENFERMERA
                        No me llorés. Nada más tilingo que una puta llorona. ¿ No          
                        eras vos la que llevaba puestas  las pelotas  de  Perón?

    La destapa. Recorre el cuerpo de Evita con la punta de la tijera. Le toca los pechos pero han desaparecido. Se acerca a los labios. Levanta la vista hacia el cristo y sonrie.
  La escena de mi prima Carla, como Evita y de Lucrecia Lot (única profesional) en el papel de enfermera, arrancó un murmullo entre los presentes.  La caracterización de Carla fue sencilla: es delgada, sin tetas y ojerosa. Sólo tuvimos que teñirle el cabello. En cuanto a Lu, se había puesto un guardapolvo tan ajustado que en la película se le notaba la ropa interior.  
    Se escuchó un movimiento de banquetas. El primero en ponerse de pie y salir del garaje fue mi padre. Ya lo habíamos discutido cuando le conté el argumento. Es un frustrado que a veces se da máquina cantado la marcha adaptación año ¨70 “con el fusil en la mano y Evita en el corazón…”. No soporta opiniones contrarias.  Lo siguió mi  novia  (actuó en el papel de dama de la Fundación) Una cuestión de celos actorales.

  (BACKGROUND) Evita se encuentra acompañada. Los  personajes funcionan como un  coro griego: todos observan el  mismo  grado de obediencia. Están los que creen en ella y los que simulan con habilidad.    Ubicados alrededor de la cama, de izquierda a derecha, se mueven como satélites: dos mujeres de la Fundación, el secretario, el peluquero, el edecán, la enfermera. Evita, mediante gestos, hacer mover a los personajes por la habitación. El maniquí está desnudo.

                                                 EVITA
                             (Se escucha la respiración) ¿ Me trajeron el tapado?
                                                 VOCES                                                              
                               Si señora… por supuesto… ya lo traemos...

El edecán deja su lugar junto a la ventana y  camina hacia la puerta.
                                                 EDECÁN
                                  Traigan el tapado.
  
 Entra el peletero con el tapado de armiño.
                                                 PELETERO
                                   ¿Madame  desea probarlo?
 
  Los rostros dan cuenta de que la pregunta es un desatino, que remarca la  enfermedad. Evita no puede levantarse.

                                                 PELETERO
                                   ¿Madame quiere que alguien lo pruebe?
 
 Las tres mujeres que hay en la habitación se miran. No ocultan las ganas de usar el tapado.
  Evita niega con la cabeza. Siente que la  única forma de enfrentar la impotencia es con odio.

                                                 EVITA
                        Ninguna chirusa se va a probar mi ropa. Antes muerta. Que 
                        se lo ponga mi secretario.
 
    El  hombre se acerca al peletero. Éste lo ayuda a ponerse el tapado. Evita le  señala que camine por la habitación, que gire. Cumplido, el hombre hace una reverencia y se lo quita. Luego lo coloca  sobre el maniquí.
    Entra el Doctor Taquini acompañado por el padre Benítez, que bendice a todos los presentes.
                                                 DOCTOR TAQUINI
                                    (tomándole el pulso) En este lugar hay demasiadas
                                     visitas. Nuestra  Ilustre enferma tiene que descansar.
    El sacerdote marca con agua bendita, en la frente de Evita, la señal de la cruz.
 El doctor le dice algo a la enfermera en voz baja.
 Antes de que llegue a la puerta, Evita intenta incorporarse.

                                                 EVITA
             ¿Doctor, voy a poder ponerme ese tapado el nueve de julio?
                                                 DOCTOR TAQUINI
             Vamos bien Señora, no se preocupe. Ahora descanse.  
              La dejo en buenas manos.
  Se esfuma la escena.

  La silueta de mi abuela tapó la pantalla por unos instantes. Supe que esto iba a pasar. Ella me había exigido que  contara la verdad “ no te olvides de poner que nos obligaron a usar el luto y que a tu abuelo Tito lo llevaron preso por criticar a Perón”. Traté de explicarle que  no había lugar en mi película para esas consideraciones. No me entendió.
  Dos compañeros del Instituto se arrastraron por el borde de la pared y salieron. Escuché que dijeron algo sobre las “tristes tetas” de Carla y sobre lugares comunes. Idiotas: qué cosas no son lugares  comunes en este país.  Es imposible conformar a todo el mundo; hasta mi hermana quiso hacer de mi obra  un alegato ecologista. Ceci, le dije, en el 52 nadie se cuestionaba si era bueno o malo matar armiños para hacer tapados, era una cuestión de poder. Pero ella insistía.  Mientras filmábamos me persiguió para que tuviera en cuenta la relación entre la pureza que representan los armiños en estado natural y la inutilidad de esas muertes. La escuché con cierto interés hasta descubrir que para ella los armiños eran grandes como un oso polar. 

    El peluquero se encuentra deshaciendo las trenzas de Evita. Cepilla y advierte que la cantidad de cabello caído va en aumento. Intenta disimular dejando caer el cepillo.
Se agacha, con un rápido movimiento retira el cabello del cepillo. Se incorpora.
Se dirige hacia el tocador y oculta el cabello caído dentro del cofre de las joyas. Regresa a terminar el peinado.
  El secretario está sentado junto a evita. Tiene en sus manos un anotador y una lapicera.
                                                 EVITA
                            Agradecele  a Christian todo lo que hizo por mí. Ponele 
                            que más de una se reventó de envidia con los vestidos que
                            me hizo.  La de Bernardo la quiero firmar yo. Ponele
                            querido Bernardo  el pueblo argentino jamás va a olvidar
                            tu  gesto  por la causa de Perón.

  La señora levanta una mano para que el edecán cambie de lugar el tapado. El secretario se pone de pie. Perón se acerca a la cama.
  Evita vuelve a levantar la mano para que el  peluquero deje las trenzas y se corra.
  Ella cree o simula sentirse mejor. Se destapa, intenta mover las piernas para levantarse.
                                                 EVITA
                                    Quiero ponérmelo.

   (BACKGROUND) Primer plano de goteo de sangre sobre el pasto.
   Colgando de unos ganchos se ven varios armiños.
   Sobre una mesa de madera sucia brillan las tijeras.
  Cuatro hombres, con  la ropa manchada, acomodan los cueros.
 
  Perón busca los ojos del secretario. Este los cierra y asiente con  un leve movimiento de  la cabeza.
 La enfermera se acerca e intenta ayudarla.
                                                 EVITA
                                          ¡Vos no! 

  Evita tomada del brazo de Perón, camina hacia el maniquí. Siente dolor en el estómago, se descompone y vomita.
  Una mezcla semi-líquida  color bilis se desliza por el cuello del tapado.

   Lo dicho: es imposible agradar a todos los espectadores. Pero el enojo casi masivo me hace pensar que el cine no es para mí. No me salvó ni la técnica de Robbe-Grillet ni la de Torre-Nilson. Las banquetas fueron desocupándose antes de que terminara el film. El crujir de los vasitos plásticos al ser pisados, opacó la cortina musical:  el tango de  Romero y Delfino. En video Graf  se leía, luego de los créditos,  “Dedicado a Maria Eva Duarte de Perón, in memoriam, por haber existido.”
 Me acusaron de mentiroso ( papá y la abuela, en sentidos opuestos), lento y metafórico insolvente( mis compañeros y el profesor), grosero ( mi novia y mami) etcétera ( actores y parientes).
  Carla sintió vergüenza por los comentarios. Se fue llorando. En cambio Lucrecia, luego de cobrar los cien pesos pactados, se ofreció para hacer otra película y para juntar las banquetas. Luisito Gullo ( caracterizado como Juan Domingo Gardel o como Carlitos Perón) se limitó a levantar los pulgares.
 Sólo mi hermana aplaudió y me dijo algo de Green Peace que no quise escuchar.