miércoles, 30 de abril de 2014

Contraste



Luces uniformes
De vidrieras
De autos
De farolas


Ese tono constante
En el cabello
En las ropas
los zapatos

La llama ociosa de la palabrería
Flores de neón
Corazones de led
Y el  amor navegando
Un puerto
USB


Cómo no va a deslumbrarnos

La dócil oscuridad




P.D: último día de abril. Llovizna de otoño. No alcanzo a distinguir qué hay, allá, en la línea del horizonte… pero siento que debo ir.  






lunes, 28 de abril de 2014

Pactos






Los pactos son con la vida
Con la muerte
Solo una tumba florida



(Lucen correctas las flores… esta visita de compartido silencio, que quiebro solo por unos minutos)



- ¿Estoy haciendo bien?

- …

- No fue casualidad. Seguramente lo había leído en alguna novela. ¡Tantas cosas  de mi vida salieron de las novelas! Nunca te lo dije: no fue casualidad. Sabía que pasabas cada noche por esa plaza de la diagonal 73. Yo caminaba lento, tratando de que los árboles no me entorpecieran la visión. 20.10; 20.20. Esperar tu paso solo para levantar la mano y sonreírte.  Soñaba, tan joven, que alguna vez me ibas a decir: “¿Te llevo?” Esas cosas de novela. La gente nunca entendió qué hacíamos juntos, porque nadie cree en la conjunción de la formalidad y el delirio. Sin embargo, vos,  me  ayudaste a montar todos mis  escenarios y en ellos, sin objeción, fuiste aceptando el papel que mi locura escribía. “Tenés que ser feliz” era tu línea preferida. Yo, la joven madre; vos, el amante. Yo, la huérfana; vos, el padre. Yo, la “artista”; vos, el Mecenas. Yo, la compañera de batallas; vos, el General. Yo, la enfermera; vos, el enfermo. Yo, la joven viuda; vos, el muerto…
 ¿Y ahora, por dónde seguir? Caprichos y futuros inciertos. Sin raya mayor, ni acotaciones al margen. Caprichos sin libreto. No tener la menor dimensión de cómo recibe el otro la secuencia. Ni importar. Hacer porque el después se derrite entre manos sudorosas. Apostar a la nada para ganar todo. O viceversa. No me  queda tiempo  ni voluntad para renovar los trucos. Demasiadas ampollas en el alma y el karma suplicando licencia.
¿Decime, por favor, estoy  haciendo bien? ¿Es cierto que no hay pantanos  para los que sueñan… que, para los que sueñan, solo hay puentes?


-… 




miércoles, 23 de abril de 2014

Pequeña distorsión






No es la primera vez que me  sucede: creo que veo lo que no hay.
Tal vez se trate de una simple conjunción de patologías adquiridas de modo natural.
 ¿O puedo pensar en un acto de magia?

El primer síntoma apareció una madrugada de febrero. Iba conduciendo mi auto, camino a casa, cuando me topé de frente con la luna. No era la luna en menguante de siempre. No. Era una luna de seis puntas. Una luna  trilliza. Algo así como tres sonrisas del gato de Alicia  sobre un lienzo azul.
 Me pareció tan bella la imagen que le tomé una fotografía. Sentí pena al descubrir que, de cerca, era la típica luna desapareciendo.

La segunda vez estaba regando las flores del jardín.
Sobre el techo de mi vecino, más precisamente junto al tanque de agua,  vi un mamboretá de metro y medio, mínimo. Estaba parado, con sus dos patas delanteras en guardia. Amarronado e inmóvil.
Por prudencia no quise acercarme demasiado pero los cuatro pasos que di alcanzaron para mostrarme que era un viejo palo sosteniendo la base del tanque.

Es irremediable (salvo anteojos): tengo los ojos desenfocados. No logro distinguir qué hay a  lo lejos. Veo algo, sí,  pero no puedo asegurar de qué está relleno ese algo. ¿Huesos y ropa? ¿Chapa? ¿Piedras?    

 Y ahí descubro la otra patología asociada a la disminución de la vista.

A ver si me explico con otro ejemplo:

Caminaba por el pasillo 17  del cementerio. Asomado entre las tumbas descubrí  un enorme conejo negro. Pensé en lo dichoso que sería pudiendo comer tantas flores frescas. Era gordo  y parecía disfrutar de los rayos del sol.  Me paré a un costado, para no espantarlo. Mi conejo era una simple bolsa de residuos.

Cuando era chica solía  cambiar la identidad de las cosas. ¿Quién no montó un caballo de palo de escoba?   Los objetos  se transformaban según mis  deseos.
Y  con las personas hacía  lo mismo. Deseaba ver reinas, soldados valientes, superhéroes.



Que estoy perdiendo la vista es un hecho… que sigo viendo seres fantásticos donde solo hay residuos, también. 

lunes, 21 de abril de 2014

Las hojas de Gatsby







Mi árbol se llama Gatsby
lo planté para enterrar
algunos recuerdos
que amenazaban
con pudrirse


Y así como Fitzgerald
obligó a su héroe
yo  le exijo al mío
que  permanezca  erguido
inmóvil
esperanzado por esa luz lejana.


Copia silvestre de ese mundo del jazz
alrededor de mi Gatsby
bailan cientos de pájaros
que se cuentan
sus propias historias de amor
sin reparar que el anfitrión
se marchita.


Llegada la hora
de la verdad
ni Fitzgerald
ni yo
supimos detener
ese rojo  brillante del  desamor
al final del muelle
y de las ramas.





P.D:  Asusta un poco, la calma de este otoño.


jueves, 17 de abril de 2014

Trash

 photo Trash.jpg




Para las palomas
los sin-nada
o los pibes hambrientos
este desecho es alimento

Así

Algunos tiran
eso que creen  basura
-Restos  de esperanzas
versos en servilletas
el borde de algún sueño
un te amo de rouge
sobre el espejo-
sabiendo

que alguien vendrá a buscarla.



viernes, 11 de abril de 2014

"Flying cloud" de madrugada




Era la primera vez que el médico abandonaba su  máscara de jocker. Apenas fruncido el entrecejo, los labios levemente estirados. La mujer se veía reflejada en los anteojos. La esperó junto a la ventana del  hall central. Sillas de ruedas, bastones, guardapolvos blancos, chaquetas celestes y esa máquina pronunciando apellidos.

Último día de Agosto. Un agosto  de lluvia caprichosa que no se conformaba con humedecer las paredes;  buscaba enmohecer las pocas esperanzas que habían logrado sobrevivir. Su compañero  estaba confinado a los dos pasos hasta el sillón, hasta el interruptor de la lámpara, una vuelta de cuerda al reloj, girar la válvula del tubo de oxígeno. A mirar el mundo por una pequeña ventana, a contar gotas de remedio o los listones del techo. El  pequeño cuadro de “flying cloud”  todas las madrugadas.

Ella llegó al hospital buscando  respuestas al deterioro constante.  No esperaba que le recetara un milagro. Tampoco espera que le dijera que  ya no se podía  hacer nada.

- consiga una enfermera domiciliaria, usted sola no va a poder…
- Gracias…

  
Supo que nunca más estrecharía la  mano helada del doctor, ni la máquina volvería a nombrarlos.


Salió.

La lluvia dejó de pesarle sobre los hombros. Era el granizo de palabras el que  caía por toneladas.

No recordó haber conducido  las treinta cuadras de distancia hasta llegar a  su casa.
Regresar como si el auto fuese automático. Primera, segunda, tercera, frenar, giro a la derecha. Rojo. Verde. Querer llegar y no.  Buscar las palabras apropiadas. ¿Había palabras apropiadas?

¿Qué disfraz ponerle a una honestidad tan salvaje?

A favor del médico: no era impensable lo que había dicho. No era una sorpresa. Ellos venían  sosteniendo esta muerte conversada desde el primer signo, desde el día en el que miles y miles de descontrolados glóbulos blancos invadiendo todos los  espacios.

Hablar la muerte, sacarle, poco a poco, esos trapos que la envuelven en misterio. Intentar transformarla en un breve cambio físico. Él había pasado por todas las etapas: se había resistido, la había puteado, negado, la había visto dibujada en la borra del café.  Ahora convivía con la idea de no estar aunque, a veces, volviera a enojarse (“Mejor que se enoje, cuánto peor si  tuviese miedo”, pensaba ella)
.
Hasta esa mañana habían hecho equilibrio sosteniendo un pacto con la verdad.

Sin embargo, la mujer tuvo que quebrarlo.

Cuando llegó del hospital, él estaba mirando, como siempre,  por la pequeña ventana.

- Por suerte ya llega septiembre… Quizá cuando salga el sol pueda salir al patio…


Fueron solo segundos de una duda feroz. ¿Cómo dibujar una esperanza, ahora, que finalmente, nada podía hacerse?

- Sí, cuando salga el sol, vamos al patio…No falta tanto...

- Qué te dijo el doctor?


- [ Nada que merezcas escuchar]  Dijo, precisamente eso… que cuando comience septiembre…   

sábado, 5 de abril de 2014

Come as you are, Kurt (20 años)

kurt photo tilton02.jpg



“I don't have the passion anymore and so remember,
 its better to burn out than to fade away.
 peace, love, empathy. “

Kurt Cobain



Vení como quieras

Con la camisa leñadora

El jean roto

despeinado

Vení  con lágrimas

O esa sonrisa

De niño triste

Vení como quiero que vengas

Con  tu Fender

Tus caballitos de mar

Tus acuarelas


Vení con  ganas de arrancar máscaras

patear castillos

arrojar la heroína

al mar



Solo vení

Y contame

Qué debo hacer

Para no apagarme

Lentamente






P.D: 


“Al lado del cuerpo se encontró una escopeta, que Cobain consiguió… Una autopsia concluyó que la muerte de Cobain fue el resultado de «una herida por bala infligida en la cabeza». El informe estima que Cobain murió el 5 de abril de 1994 alrededor de las 11:30 de la mañana.”


Pero el juró que no tenía una pistola…

martes, 1 de abril de 2014

trenes o migas de pan









  Parece que mi nombre se quedó en el libro de guardia. Acá me llaman 78 P. A él lo conocen como el 78 V, mi compañero de  cuarto. Somos el pasillo y la ventana de esta habitación, dos esqueletos  horizontales,  no mucho más que dos luces en el tablero del office de enfermeras. Dos  mini-engranajes en este  universo medicinal.

Lo pienso, lo pienso;  pero no hay caso, no consigo  recordar cómo llegué hasta acá. Estaba en casa, eso sí, y no había aire en ningún rincón, ni siquiera abriendo la ventana. Me sentía  como envasado al vacío. La última imagen es el espejo del comedor: mi viejo pálido y yo morado. Un verde ambulancia girando alrededor del jardín,  mascarilla y  luego es un pozo hasta despertar  en esta cama. Si estiro el brazo derecho toco la pared. Sintético blanco. Imagino  un corredor, enfermeras que van y vienen, camillas, visitas, doctores, rutinas. La puerta se parece a esos relojes  antiguos en los cuales un cucú  o una pareja de tiroleses anunciaban la hora. Éstos son  relojeros del cuerpo humano. Y nosotros, acá, casi inmóviles,  haciéndoles a  las fórmulas químicas un espacio en las venas. Nosotros, acá, tapados por una sábana blanca con nuestro número bordado  y un techo mudo.


7-15-23: rutina del mundo antibiótico. Inalterable como la rutina de mi viejo, subido a la vieja locomotora. Barreras, cruces, señales. No se podían ignorar. Desvíos forzados que me asustaban cuando  lo acompañaba. Vértigo y aire, mucho aire, por esa pequeña ventanilla.

 ¡Uf! qué mierda este ahogarse, esta rutina sin destino, esta puta tos, este full de virus, esta cárcel tan hospitalaria…

  Nadie me dice si, cuando salga, voy a regresar  a mi mundo. Peor: nadie dice si voy a salir. Mientras tanto, el esquema de sueros, termómetros y pastillas nos va marcando el  tiempo.   No hay trenes para ver pasar  ni  camisas para elegir. No hay café que se enfríe  ni carta pendiente sobre la mesa de luz.  Conformate con contar las inspiraciones entre dosis y dosis.

  Raúl está tranquilo. Le tocó la ventana pero no le presta atención. ¡Tan viejo y flaco! Así y todo, por momentos, entre tos y tos, se deshace del esquema antibiótico metiéndose en su mundo.

La primera vez   me asusté. Pensé que necesitaba algo, que se caía de la cama. Llamé a la enfermera y ella me borró las dudas con una sonrisa descartable diciéndome que el abuelo siempre hace así, no te preocupes. Caerse no se va a caer porque le atamos la pierna. Además, tiene pañales.

Con más antigüedad que yo, Raúl  parece  vivir este cautiverio con total  normalidad y, entonces,  la habitación se transforma. No invento ni exagero. Si se presta atención es muy fácil saber qué está haciendo. Como ese viejo juego de “dígalo con mímica”. Un espejo imaginario  le  devuelve la cara de la juventud.  La brocha, la espuma, la navaja para afeitar. Es tan prolijo que no mancha las sábanas. Estira  el cuello. Un perfil; el otro perfil.  La mano izquierda sobre las mejillas. Perfecto. 
Día 1.Día 2. Día 3
El otro reloj ordena el ingreso de una  mujer vestida de color rosa, trapo en mano, limpia la habitación.
-No tomaste el mate cocido…- me dice, reprobando.
- No, se había enfriado.
- Tu compañero tampoco. (Don Raúl no había tenido tiempo. Afeitarse le llevó un largo rato).  

Suero a la mitad. Es  la hora en la que don Raúl sale  al patio, a sentarse bajo los árboles y esperar. Prepara migas de pan y las esparce alrededor de la cama. Sé que varios gorriones vienen a su encuentro porque mueve la cabeza siguiéndoles el vuelo.

Turno de la mujer vestida de blanco que, tensiómetro en mano, revisa los tubos de oxígeno. “12-7 la presión. 37 y medio, la temperatura”
-Mmmm…   

Raúl parece enojarse cuando la enfermera le agarra el brazo para ponerle el tensiómetro. Claro, queda   pendiente su trabajo preferido, el que siempre le dibuja una sonrisa sin dientes: hay un caballo (no sé si overo o tal vez  alazán)  junto a la cerca. Lo enlaza, y acariciándole el lomo, lo lleva a variar por el boulevard.

Un hombre vestido de verde (con su nombre, mayúsculo, sobre el costado izquierdo) analiza la planilla que cuelga a los pies de la cama.
- Satura noventa y cinco por ciento. Unos días más y quizá pueda irse a su casa.




“Unos días más”, “irse”. Si al menos tuviese un como si  que me haga más liviano este mundo de números. Un “como si” que pare el dolor  y la pesadez  de estos malditos relojes. Rutinas. Qué  instante soy capaz de repetir con semejante voluntad…  Quizá sentarme junto a la mochila antes que todos despierten, salir con mi padre hacia la estación, dar una vuelta por los vagones, mirar cómo se pierden las vías  en los amaneceres de Río Santiago. Una rutina que valga la pena repetir y repetir y repetir…  ¿Estaré delirando? Creo que no. Estoy aburrido.   Cansado de esta vida fraccionada en 7-15-23.
Por ahora seguimos tosiendo. De todos modos, ya que no veo trenes,  voy a preparar migas de pan: hay muchos gorriones hambrientos  sobre nuestras sábanas.